8. POX
POX
Eran alrededor de las dos de la mañana de un lunes frío en San Cristóbal de las Casas. Yo andaba con un amigo español que había conocido esa tarde mientras ambos visitábamos San Juan Chamula, esa noche bebimos un par de cervezas y cuando nos dimos cuenta ya se nos había hecho tarde. Por ser lunes casi no había gente en las calles, ni lugares abiertos a esa hora por el andador. Antes de despedirnos, mientras caminábamos por el andador de Guadalupe notamos que ya solo quedaban unos cuantos locales (coletos) que deambulaban por allí, casi todos en un estado de teporoches absoluta. En uno de los pocos lugares abiertos que pasamos, nos llamó la atención que de pronto llegaron dos motocicletas de policía por la peatonal y se dirigieron a ese lugar, que era el único abierto a la redonda. Era un local bastante turbio, con luces que salían hasta la calle, y donde sonaba un rock pesado que inundaba la calle. Afuera del local se encontraban un par de coletos bastante borrachos, la policía de inmediato se aproximó a ellos, nosotros vimos la escena y seguimos nuestro camino, no dimos ni diez pasos cuando de pronto se apareció otro policía corriendo, quien freno un poco su paso al vernos, pero al escuchar el acento español de mi amigo, se dio cuenta que éramos turistas y siguió su paso hasta el local, donde el murmullo indicaba que había algo serio. Nosotros caminamos hasta la esquina donde la calle deja de ser peatonal y comienzan a pasar los autos, fue allí que me despedí de mi amigo español con un fuerte abrazo, él dio la vuelta para llegar al lugar donde se estaba hospedando y yo seguí por la misma calle de Guadalupe buscando el mío. Camine un par de cuadras solo, cuando de pronto sentí una sombra que se movía a lo lejos, al principio no sabía que era, pero luego note que era una persona que venía caminando en dirección contraria. En ningún momento sentí miedo y menos cuando distinguí que era un indígena de la zona. Yo caminaba a media calle pues no pasaba ningún auto, conforme nos íbamos acercando, yo trataba de enfocar la vista para verlo más de cerca para ver si me venía viendo pensando en si debía decirle buenas noches o simplemente seguir mi camino. Alcance a divisar su vestimenta, y cuando levante la mirada a su cara, noté que me veía fijamente, sus ojos penetrantes se hicieron cada vez más intensos, a tal grado que antes de poder decir palabra ya estábamos fijos uno frente al otro, antes de que yo supiera que estaba pasando escuche en un español no muy bueno: “Pancho, lo esperan arriba”, y con su mano señaló hacia atrás, el camino de donde él venía. “¿Cómo sabe mi nombre?” le pregunté, él sonrió y zapateo un poco con su huarache, “Francisco allá arriba le hablan”. Yo estaba intrigado y le volví a preguntar que cómo sabía mi nombre, a lo que él solo respondió: “allá arriba”. Yo estaba asustado, le pregunte: “Dónde es arriba”el apunto con su mano hacia las escaleras y dijo: “la iglesia, lo esperan Pancho”. Yo estaba muy consternado, pero él de inmediato siguió su camino, intenté frenarlo agarrándolo del hombro, pero se fue rápidamente, yo traté de alcanzarlo, pero en la primera calle dio vuelta a la derecha. El pánico, la sorpresa y la obscuridad de la calle me hicieron sentir el río de dudas corriendo dentro de mí, donde yo sentía que iba a contracorriente. No entendía lo que estaba pasando, un indígena que casi no hablaba español ase me había aparecido a los dos de la mañana, en un pueblo donde nadie me conoce y viene y me dice Pancho y luego mi nombre, Francisco; qué diablos me espera allá arriba. Desde mi perspectiva se alcanzaba a ver el templo de Guadalupe con sus colores que lo hacen tan único, amarillo con blanco, y sus muy poco iluminadas escaleras. Mi primera reacción fue negar lo que había pasado y simplemente irme a descansar pero justo cuando estaba por dar la vuelta hacia mi hotel, volví a mirar el templo, noté que en lo alto se prendió un flama, salieron chispas y en un microsegundo subió una llamarada a gran velocidad a lo alto del cielo, hasta que un fuerte estruendo de un cohetón se hizo escuchar, a mí me pareció muy raro que tan noche tiraran pólvora, revise mi reloj y marcaba las dos con veinte minutos en la madrugada. Por qué tirarían pólvora a esa hora fue lo que pensé, eso me intrigo bastante, pero pensé que seguramente había algún festejo religioso, lo cual me hizo pensar que si subía iba a encontrar gente, eso me dio confianza y me puso a pensar que debía de subir para ver qué era lo que me esperaba allá arriba. Me fui acercando a las escaleras, el viento helado pegaba contra mi cara, estaba obscuro y parecía no haber nadie, yo subí temeroso, tratando de estar al pendiente de cualquier cosa que me pudiera salir conforme subía los 79 amplios escalones hasta llegar a la cima. Conforme subía, comencé a escuchar murmullos muy finos, y conforme me fui a cercando me fui dando cuenta que hablaban en Tzotzil, pues no entendía nada. En cuanto llegue al atrio, vi que había movimiento de gente en la obscuridad, pero todos parecían tener mucha prisa, todos con sus vestimentas típicas, yo estuve a punto de regresar cuando se escuchó que salía disparado otro cohetón, este no me iba a asustar pues lo estaba esperando, pero lo que me hizo brincar fue que alguien sin que yo sintiera se me acerco, me tocó la espalda y me dijo, ven por aquí. Yo me asuste pues no vi que nadie se me acercara, y justo cuando volvía tomar aliento se escuchó el estruendo del cohetón, lo cual me hizo volver a saltar, sentí como se me paralizo el corazón un segundo. La persona que me había tocado la espalda era un joven indígena, el cual sonrío al ver que me había asustado, me golpeó cariñosamente la espalda y me volvió a decir, es por aquí. Entramos al templo y adentro se escuchaba un murmullo extraño pues aunque parecía ser el típico sonido de gente rezando este era en su propia lengua. Iba siguiendo al joven, aunque en algún momento quise frenar para analizar un poco la devoción indígena hacia la virgen de Guadalupe, pero de inmediato el joven se regresó y me dijo: -Aquí no, debe caminar-, y me jaló del brazo. Tenía una cara de buena gente, que me daba confianza, por lo que sin cuestionarle más seguí caminando detrás de él. La iglesia estaba llena, yo no entendía a que se debía tanta gente y en especial yo no entendía que estaba haciendo yo allí, me sentí completamente como un extranjero en mi propia tierra. Justo cuando estábamos por llegar a la fila de gente que estaba acercándose al altar, de pronto el joven me indico que girara a la derecha, allí había un altar a San Juan Diego, donde había una familia orando, yo pensé que era allí donde me esperaban, pero no, de pronto el joven abrió una pequeña puerta que estaba detrás del altar al santo mexicano. Abrió la puerta y entró, yo me asomé, no se veía nada, estaba todo obscuro, no entré, pero en eso vi un rostro de un viejo con tez morena, con la cara asoleada, con muchas arrugas y solo unos cuantos dientes. –Entré Pancho, Aquí es.- y suavemente sentí como su ríspida mano tomó la mía y me hizo seguirle. Dimos unos cinco pasos por un pasillo completamente obscuro y de pronto la luz de cientos de velas comenzaron a iluminar un amplio cuarto donde todas las paredes y el techo se veían negras del tizne producido por el humo de las velas, allí había mucha gente, vi que el joven que me había llevado hasta allá se encontraba hincado, con los ojos cerrados y rezando en voz alta; me sorprendió ver que tan rápidamente ya estuviera tan concentrado. Mi curiosidad se enfrentaba con una especie de nervios, y hasta un poco de miedo, yo me sentía muy alerta, tratando de entender algo para poder brindarme una explicación convincente del por qué estaba yo allá arriba. Noté que ese cuarto era un altar alterno dedicado también a la Virgen de Guadalupe y a Juan Diego, pero las imágenes de ambos parecían ser de otro estilo, eran de madera, con caras muy toscas, con ropas muy semejantes a las que llevaban puestas las personas que me rodeaban, y sobre todo llenas de tizne por las velas. A pesar de que el ambiente era muy frío, dentro de la capilla se sentía un calor impresionante, proveniente del fuego de las velas, pero también de la fe de la gente que allí hacía oración. El viejo encontró un rinconcito y haciendo señas con la mano me indico que me sentará o me hincara, yo necesitaba un poco de confianza por lo que le pregunte su nombre: -¿Cómo se llama?- el viejo me miro y moviendo sus manos hacia abajo me dijo siéntese, yo repetí la pregunta pensando que no me había entendido. -¿Cómo se llama usted?- me respondió sonriendo –Pancho- le dije que si se llamaba igual que yo, y me dijo que si. Yo no estaba seguro si se llamaba igual que yo, o solamente estaba repitiendo mi nombre. Pero no tuve tiempo de aclarar mi duda, porque cuando acorde ya estaba sentado en el suelo. Justo en cuanto me senté de pronto se apareció más gente, recuerdo que escuche la voz de unos niños, una señora y otro par de señores a mi alrededor, incluso recuerdo el cacarear de una gallina. Pancho, o como fuera que se llamara el señor que me indicó que me sentara, se acerco y en voz muy bajita y con un español cortado, me dijo, -póngase a rezar-, yo estaba asustado, así que realmente aproveche la oportunidad para ponerme a rezar, recuerdo que vi fijamente el fuego de las velas mientras me concentré profundamente en pedirle a Dios que me cuidará.
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